Se suele decir que el fracaso es un gran maestro y que cada enseñanza es un escalón hacia el éxito.
También es común escuchar que “hay que salir de la zona de confort” para crecer.
Son frases amables, pero no pueden señalar con precisión cuáles son nuestros desafíos reales, qué nos limita o qué errores van marcando un camino (道).
Eso queda entre nosotros y la práctica: reconocerlos como propios y pulirlos hasta dejar la esencia de un acto, sin medirlo en virtud o fracaso.
Del error al acierto se transita el mismo camino.
Aprender exige movimiento. Exige estar en acción.
Cuando quitamos el juicio, entendemos que lo “bueno” o lo “malo” depende del contexto.
Entrenar nos invita a mirar más allá del resultado, más allá de una técnica bien o mal ejecutada.
Estar presentes vale más que memorizar libros o repetir formas sin intención.
Según el diccionario, un “error” es una equivocación: algo que no salió como se esperaba.
No hay culpa ni moral en esa definición.
Pero casi siempre aparece una meta o un deseo que pesa sobre la acción. Y, al comienzo, eso puede ser útil.
Pero Budō (武道) es el camino del guerrero.
Y en ese camino importa menos llegar que seguir andando. Movernos, fluir, comprender que la meta muchas veces es solo un pretexto para iniciar un camino.
Cuando el movimiento se aquieta y el juicio se suspende, algo comienza a reflejarse con claridad.
No una imagen ideal, sino lo que realmente está ocurriendo.
En el tatami, el error aparece todo el tiempo: en una distancia mal medida, en un paso de más, en una técnica que “era correcta” pero no funcionó.
Y muchas comprensiones profundas no nacen del acierto, sino de ese pequeño desajuste que obliga a escuchar mejor al cuerpo.
Esta sección nace ahí: donde la técnica no alcanza para explicarlo todo y entrenar sin cinturón —sin rango, sin expectativa— permite que algo más honesto aparezca.

